Me detuve a leer los comentarios de los usuarios de aquella nutrida red social y mi ánimo se iba desmoronando por momentos a medida que el cursor iba descendiendo hacia la parte inferior de la pantalla, mostrando decenas de frases y posts a cuál más hiriente e irrespetuoso. El insulto, la falacia, y en muchos casos la calumnia, campaban a sus anchas en esa columna de textos encabezados cada uno de ellos por un avatar y, en la mayor parte de los casos, un pseudónimo.
Se trataba de un tema que yo conocía bastante en profundidad. El autor de la primera publicación, de una forma premeditada e intencionada y al servicio de la ideología que caracterizaba al grupo al que representaba, colgaba sus consignas basadas en verdades a medias, exagerando unas partes de aquella “verdad” y ocultando otras de la misma relevancia, objeto de evidentes y calculados sesgos desde el punto de vista de una persona informada en esa materia.
Desistí de entrar en el hilo de aquella jauría de diatribas, recordando aquella vez que lo hice, con educación y respeto, y fui objeto de un linchamiento virtual, cultural y moral circunscrito a esa liga defensora de las verdades absolutas y del pensamiento único.
Y lo cierto es que muchas de aquellas personas en realidad creían, de forma seguramente bienintencionada, en aquello que defendían, fruto del ingente flujo de información orientado a crear tendencias de opinión y de conciencia. Las malas formas en sus expresiones, con el insulto como recurso fácil y desahogado, eran consecuencia también del odio contra todo aquello contrario al dogma y la “verdad inmutable” que se defiende, que va en la mochila de la información que nos invade, por añadidura.
Y debemos ser conscientes de que todo ese fundamentalismo que está sembrando nuestra sociedad en la evidente sobreexposición a todo tipo de información, que polariza las conciencias en lugar de unirlas, nos afecta también a nosotros de la misma forma. De manera más inconsciente que consciente, nuestro cerebro y nuestra voluntad están sucumbiendo a todo ese exceso de estímulos informativos, difícilmente procesable por el razonamiento consciente y cabal, creando opiniones y, por lo tanto, formas de decidir y de actuar, seguramente con un grado de sesgo imposible de evaluar y cuantificar. Toda esta situación hace poner en duda la existencia de la Verdad e incluso de la Libertad en cuyas definiciones va implícita la ausencia de influencias y estímulos externos, ecosistema moral difícilmente accesible en estos tiempos de excesivo ruido mediático y desinformativo.
Y ante este sombrío panorama, necesitamos como el pan de cada día, altas dosis de antídoto contra este veneno que asola nuestra sociedad y que la mata lentamente, con las armas silenciosas del odio y la desunión. Altas dosis de vacuna contra el fundamentalismo y el dogmatismo excluyente, en forma de pensamiento crítico.
De este modo, el pensamiento crítico es la capacidad de analizar y evaluar la consistencia de los razonamientos. Un hábito que hay que adquirir a base de trabajo y esfuerzo de forma introspectiva ya que se trata de algo autodirigido, autodisciplinado, autorregulado y autocorregido, como afirma la Fundación para el Pensamiento Crítico.
¿Y es este concepto algo nuevo e inherente a nuestra sociedad actual? Lo cierto es que el concepto de pensamiento crítico lo podemos encontrar en los textos de los filósofos griegos, a saber, en la mayéutica de Sócrates, en la dialéctica de Platón e incluso, de forma implícita, en la retórica de Aristóteles.
A caballo entre los siglos XVI y XVII, Francis Bacon afirmaba que para acceder al pensamiento crítico hace falta “deseo para buscar, paciencia para dudar, afición para meditar, disposición para considerar, cuidado para poner en orden, y odio por todo tipo de impostura”.
Autores contemporáneos como el epistemólogo Karl Popper (la epistemología es la ciencia que estudia los principios, fundamentos y extensión del pensamiento) afirman al unísono que el pensamiento crítico es lo contrario al pensamiento dogmático, que consiste en una creencia vigorosa. Este autor defiende tanto la libertad creativa como la responsabilidad de pensar como los pilares que sustentan el pensamiento crítico. Y en relación con la ciencia, el filósofo asevera que las conjeturas científicas deben ser sometidas con libertad y responsabilidad al constante intento de refutarlas mediante la observación de lo real.
El ejercicio del pensamiento crítico, según el citado Bacon, sirve para discernir entre argumentos mediocres y brillantes, distinguir la información de valor de la prescindible, para desmontar prejuicios y ser dueños de nuestros pensamientos. De hecho, aunque es una actividad cognitiva asociada a la razón, está más orientada a la acción, a la resolución de problemas y a la toma de decisiones. Una herramienta sin duda que nos ayuda a actuar con mayores cotas de libertad individual.
¿Y se puede adquirir el hábito de utilizar esta herramienta de forma sistemática? El método consistiría en analizar la información en pequeñas dosis, buscando los detalles y los matices, practicando la curiosidad y el escepticismo, contrastando la información con otras fuentes. La clave estaría en el cuestionamiento de lo que nos dicen y de la información que recibimos, sobre todo si va en la línea de nuestras propias creencias.
Este reto para nuestra capacidad de razonamiento podría ser más alcanzable si fuéramos capaces de aplicar con solvencia los tres tipos de pensamiento que practica el ser humano. De este modo, domina el pensamiento convergente que consiste en el uso de los paradigmas y parámetros ya conocidos para la interpretación de la realidad. Frente a este, se eleva el pensamiento divergente que es un tipo de ejercicio creativo de
análisis de la realidad mediante nuevas fórmulas para abordar el mismo problema y que es el pensamiento de elección para la solución de un conflicto crónico que se ha enquistado. Asimismo, contamos con el pensamiento lateral que promulga nuevos patrones y paradigmas, así como nuevos puntos de vista y nuevas interpretaciones.
El filósofo contemporáneo Amador Martos asevera que el pensamiento crítico requiere contemplar la trasmisión del conocimiento y la aprehensión cognitiva, así como una revisión de la educación y de la pedagogía que afecta al conocimiento.
Según Richard Paul y Linda Elder (The critical thinking organization), el pensamiento crítico supone someterse a un esfuerzo para adquirir estándares de excelencia en campos tales como la comunicación efectiva, las habilidades para la solución de problemas y el compromiso para superar el egocentrismo.
De este modo, el pensamiento egocéntrico es uno de los principales obstáculos para acceder a niveles aceptables de pensamiento crítico. Todos nosotros tenemos una tendencia a creer en nuestra intuición y a utilizar rutas psicológicas ancladas en nuestros paradigmas y creencias que nos determinan que es lo que aceptamos y rechazamos, de forma que es difícil reconocer en nosotros mismos esa perspectiva egocéntrica. Y el problema es que hay varios egocentrismos innatos que nos afectan de forma sistemática y que condicionan nuestro razonamiento alejándolo de los métodos intelectuales de pensamiento. Son el egocentrismo innato (es cierto porque creo en ello), el sociocentrismo innato (es cierto porque creemos en ello), el egocentrismo basado en el cumplimiento de deseos innato (es cierto porque quiero creerlo), la autovalidación innata (es cierto porque así siempre lo he creído) y el egoísmo innato (es cierto porque me conviene creerlo).
Por otra parte, hay que ser conscientes de que todo razonamiento tiene un propósito, intenta una solución o explicación, se fundamenta en supuestos, se hace desde una perspectiva determinada, se fundamenta en datos o evidencias, se expresa mediante conceptos e ideas, tiene inferencias e interrelaciones, así como implicaciones y consecuencias.
Según los mismos autores existen siete estándares intelectuales universales que se deben aplicar al razonamiento de una forma ordenada y escalada: la claridad (¿podrías poner un ejemplo?), la veracidad (¿cuál es la fuente?), la precisión (¿puedes ser más explícito?), la pertinencia (¿cómo conecta con el tema en cuestión?), la profundidad (¿podrías darme argumentos?), la amplitud (¿hay otras maneras de abordar el problema?) y la lógica (¿cómo se apoyan y se respaldan los argumentos?
Y para afrontar con garantías este desafío y este esfuerzo personal de replantearnos nuestros paradigmas y cambiar nuestro mecanismo intelectual despojándole de viejos atavismos y ataduras, es necesario cultivar algunas características intelectuales esenciales como son la humildad frente a la arrogancia intelectual, la entereza frente a la cobardía intelectual, la empatía frente a la estrechez, la autonomía frente a la conformidad, la integridad frente a la hipocresía, la perseverancia frente a la pereza, la confianza frente a la desconfianza y la imparcialidad frente a la injusticia intelectual.
Según Kant, para que haya pensamiento crítico debemos de ser capaces de poner en tela de juicio las creencias que hemos heredado de nuestra cultura. A este respecto, las personas que tenemos creencias religiosas, que de alguna manera somos fieles a los valores que hemos aprendido desde niños y que creemos firmemente que siguen teniendo vigencia en la actualidad, debemos preguntarnos que si el ejercicio del pensamiento crítico se ve limitado por dichas creencias. En otras palabras, ¿una persona religiosa puede tener un pensamiento crítico que satisfaga sus estándares intelectuales y su tranquilidad de conciencia?
A la vista de lo manifiestos de las asociaciones librepensadoras de los siglos XVIII y XIX surgidas a la luz de la Ilustración (recomiendo la lectura del artículo “Conceptos de librepensamiento: una aproximación histórica” de Pedro Alvarez Lázaro, Universidad de Comillas), muchas de estas asociaciones exaltan la razón por encima de las creencias y los dogmas, que hay que combatir, en algunos casos, de forma activa y resolutiva. Sin perder de vista el entorno histórico descrito, para contestar a la pregunta anterior habría que acudir a la etimología de la palabra “religión” para obtener una primera aproximación.
Según José Ferrater (2001), “religión” viene de la voz latina “religare” que significa unir o atar. Su sustantivo, “religatio”, podría aludir a la relación entre el hombre y la divinidad. Según las fuentes etimológicas existe una unión de los seres humanos racionales con un Ser Supremo. Lo cierto es que en toda religión existen tres factores indisolubles que son el ser humano, el ser divino y los mediadores a quienes se podría identificar como los líderes religiosos, origen de los preceptos y dogmas que se desprenden de cada Verdad Revelada.
Y es cierto que, a lo largo de los siglos, tanto en las religiones politeístas como en las clásicas monoteístas, ha habido excesos, interpretaciones extremas de cultos basados en la bondad y en el amor al prójimo que han llevado a prácticamente todas las civilizaciones a innumerables guerras que han generado (y que siguen generando) miles de muertos y damnificados.
En el ámbito del cristianismo clásico tal vez fue Lutero quien abrió el melón de la discrepancia y el enfrentamiento, en un contexto de inmovilismo críptico por parte de la Iglesia Católica, cuando promulgó la libre interpretación de los textos bíblicos, abriendo la puerta a múltiples iglesias, obediencias y comunidades. El enfrentamiento entre todas ellas, en lugar de la unión y la confraternización, tuvo las consecuencias de todos conocidas. La hermenéutica o disciplina que permite realizar una interpretación de cualquier texto antiguo debe ser empleada a la hora de evitar libres interpretaciones llevadas a cabo por falsos lideres, caudillos y mesías.
Sin ánimo de formular un juicio de estas situaciones, imposible de hacer sin estar inmersos en los contextos históricos y sociales de cada uno de esos conflictos, hay que aludir de nuevo a Kant cuando afirma que “el hecho de que haya extremos perniciosos en las creencias religiosas invita a la búsqueda de límites a las acciones motivadas por dichas creencias que vendrán a través de la racionalidad crítica y no a través de revelaciones divinas”.
El origen de la religión se encuentra en la naturaleza del hombre que siente la necesidad de un ser supremo (Gonzalez, 2013), tal vez el significado de la imagen paterna (Freud) que no encuentra en él. De este modo, el fenómeno religioso ha orientado y organizado las formas de vida y los modos de actuación de muchos seres humanos en su innata y elemental necesidad de solucionar aquello que está fuera de los límites de la razón y de la ciencia, mediante un ejercicio más emocional que racional. Para comprender esta necesidad antropológica, cuya satisfacción estará siempre al amparo del fenómeno religioso mientras la ciencia y la razón sigan teniendo límites, debe ser objeto del estudio de la filosofía de la religión para ser abordado convenientemente. De este modo y, dicho de otra manera, la filosofía de la religión estaría encaminada a comprender la naturaleza, origen y esencia del fenómeno religioso y se moverá entre dos aspectos: la confianza racional en la creencia y la fe, de forma que deberá generar una conciencia crítica de como asumir esas creencias (Manolo Acosta, 2018).
La filosofía y la ciencia abrieron significativas brechas en las cosmovisiones religiosas en las que fueron educadas las sociedades humanas por quienes ejercían la autoridad. La religión, no lo olvidemos, tuvo siempre una voluntad educadora y marcadora de los comportamientos sociales, seguramente con la voluntad de satisfacer las inquietudes metafísicas y espirituales de sus fieles.
De nuevo aludimos a la vis ilustrada de Kant, cuando afirma que “la razón debe prevalecer con autoridad contra una ortodoxia encasillada en el dogma”. Pero el Kant más moralista también criticó el escepticismo de la Ilustración y optaba por la salvaguarda de la fe y de aquellas obligaciones religiosas que se justifiquen por la razón. En la misma línea, Hegel aseveraba que “hay que pasar por el filtro de la razón las creencias heredadas por otros y las propias”.
Según Habernas (2006), razón y fe no deben excluirse ni anularse entre sí. Las creencias religiosas, más que defender una verdad revelada y sus preceptos infalibles deben procurar la realización vital y espiritual de sus fieles. La fe se debe dejar iluminar por la razón y no puede ser puramente dogmática y la razón no se debe cerrar sobre sí misma y negar los aportes axiómicos y de valores humanos de las distintas creencias religiosas.
Todos los hombres deberían buscar la verdad, su verdad a través de la razón crítica, abriendo su mente a otras interpretaciones y paradigmas, asegurando el ejercicio de su libertad. Allí donde no llega la razón ni la ciencia, el hombre podría libremente asumir una verdad revelada que no tiene por qué estar en contradicción con una verdad razonada. Se trataría de un diálogo entre razón y fe mediado por el pensamiento crítico en base a una reflexión constante y actualizada.
Lejos de haber pretendido dar consejos o definir comportamientos sobre un tema tan complejo y, a la vez, tan necesario, solo he querido buscar en fuentes mucho más cualificadas que lo que se luce en, como diría Machado, “mi torpe aliño indumentario”. Espero que lo escrito me sirva a mí y pueda servir a los lectores.
Huyamos del desorden y el desconcierto de Babel y volvamos a hablar el mismo idioma: el de la unidad y la fraternidad con las columnas de la razón y la emoción como soporte vital e intelectual.
Versos que se lleva el viento,
reflexiones, pensamientos
evidencian
que la paz está perdida
y que en saldos se liquidan
las conciencias.
Mentiras hechas verdades,
deidades y vanidades
se querellan
contra razón y emociones
que miran los corazones
que se estrellan.
Y allí en Babel
probé la hiel
de madrugada
y comprendí
que no entendí
ni una palabra…
El Amor se ha retirado,
la Libertad de ha quedado
prisionera
de falacias y de inquinas,
de montajes, de consignas,
y banderas.
La Verdad ya languidece
y en mis brazos enmudece
y agoniza.
Lo que luce ya no es oro
que, en lugar de unir, tan solo
polariza.
Encadenemos las manos,
unidos, sin olvidarnos
lo aprendido.
Con crítico pensamiento
no daremos ni un momento
por perdido.
Hagamos literatura
del Amor, y la más pura
poesía,
superemos las barreras,
y florezcan primaveras
todavía.
Y sin Babel
probé la miel
en las palabras
Y comprendí
que resurgí
de madrugada
Fecha: mayo de 2023
C. B.
