Vean ustedes, me considero un naufrago de la vida, supongo que como tantas y tantos otros. Y como naufrago a la deriva, bien entrenado y acostumbrado por los avatares de la vida, voy a la búsqueda de tablas de salvación. En mi caso, mis salvavidas, esos objetos que me permiten mantener la cabeza fuera del agua y seguir respirando, en muchas ocasiones y, sin perjuicio, por supuesto, de familia y amigos, son los libros.
Los libros, esos objetos flotantes, etéreos, mágicos que, llenos de vidas, de historias y de posibilidades, aparecen entre el oleaje y las marejadas que golpean incesantemente la vida de nosotros, los mortales; arrojándonos un amarre que nos permito sustraernos a las tempestades.
Por ello, queridas hermanas y hermanos, hoy he querido hablarles de la “Utilidad de lo inútil”, Manifiesto del gran maestro Nuccio Ordine.
Esta tabla de salvación llegó a mi golpeándome la cabeza; el golpe fue tan poderoso, inesperado y repentino que, en lugar de mantenerme a flote hasta la llegada del rescate, casi me hundió. Su lectura, sus posteriores análisis y reflexiones han sido una explosión de colores, una orquesta sinfónica en el interior de mis oídos y la brisa templada de un mar en otoño acariciando mi cerebro.
El contenido de este pequeño y a la vez, inconmensurable librito es una obra maestra que ha tomado el mando, se ha hecho con el timón y opera como un confiable piloto y guía de vida; se ha convertido en un bálsamo para las heridas de la mente y la conciencia, ha destrozado los pétreos esquemas que la vida había ido construyendo en, sobre y alrededor de mi ser y estar.
Me ha dado oxígeno, esperanza. Incluso algo de lucidez, creo. Me ha hecho pensar, reflexionar, cuestionar, valorar, sentir… Me ha hecho revivir.
Fijense, ustedes han pensado en algún momento cuanto tiempo hace que no dicen o no escuchan respecto a cualquier cuestión no relacionada con un beneficio material o económico, frases como EL TIEMPO QUE HAGA FALTA, o respecto a una persona que no realiza una producción económica, material o mensurable, QUE QUIEN NO HA, TAMBIÉN ES.
Que no todo tiene que ser pragmático, productivo, eficiente y lucrativo.
Que en realidad, para lo más importante, lo más necesario, lo que nos otorga la identidad humana, no lo es, no es productivo, no es lucrativo, ni siquiera es práctico.
Es más, el ser humano ha creado unidades de medida para las distancias, el tiempo, el dinero, las cantidades, pero cuantos kilos se pesa el amor, cuantos kilometros mide la lealtad, o en cuantas monedas compramos la templanza.
Su lectura me hace pensar que, quizás, la asentada lógica del beneficio, quizás no sea tan lógica. Me ha enseñado a no confundir valor y precio y que esa reducción de la vida a relaciones entre acreedores y deudores está dinamitando la verdadera humanidad y los valores que le acompañan, su primera y principal víctima, la solidaridad.
Hemos pasado del ser al poseer, ya no medimos el ser en la virtud, la honestidad, el valor, la lealtad, no, eso no tiene peso, no brilla, no es útil para crear riqueza, tecnología, en definitiva para producir. Ahora medimos el poseer, ya lo decía mi abuela, “tanto tienes tanto vales, hijo.”
¿Lo han pensado? La mayoría del tiempo estamos contando, pesando, midiendo… La cantidad frente a la calidad. Y sí en vez de contar, pensar, medir, nos dedicaramos a admirar, amar, gozar, sentir, contemplar, ¿Quizás vivir?
Hay una cita extremadamente bella en el libro y, ni me resisto, ni puedo por menos que, transmitírosla directamente. Kakuzo Okakura, al describir el ritual del té, había reconocido en el placer de un hombre cogiendo una flor para regalarla a su amada el momento preciso en el que la especie humana se había elevado por encima de los animales. “Al percibir la sutil utilidad de lo inútil, el hombre entra en el reino del arte”
Esta absolutamente deliciosa descripción se simplifica en que lo inútil pone en cuestión lo necesario, lo productivo, la implacable búsqueda del beneficio a la que estamos abocados en la sociedad actual. Y yo me pregunto, ¿Quizás el foco en lo productivo, en lo lucrativo, en lo pragmático, no será un trampantojos que simplifica y deshumaniza nuestra vida?
Lo inútil es nada menos que, el arte, la poesía, la pintura, la música, la literatura; y todo aquello que escapa de la avaricia, de la ambición, de ese afán de lucro que todo lo envilece, lo empobrece y lo degrada. ¿Dónde quedan las humanidades? ¿Dónde quedó la filosofía como el arte de vivir?
No quiero finalizar sin lanzar algunas preguntas al aire:
¿Cuánto valen los conocimientos inútiles?
¿Es inútil el afán de aprender sólo por aprender?
¿Cómo se mide la templanza?
¿Cuántos KW consume el éxtasis?
¿Cuánto pesa la belleza?
¿Se puede comprar el sentimiento?
GRACIAS.
En los valles del Ebro, XVII-I-VIXXV
O.:.A.:.
