Durante los últimos años, por desgracia, aunque quien sabe si también pudiera ser por suerte, uno de los términos que más hemos escuchado en cualquier entorno en que nos movamos es la palabra crisis. Normalmente atribuida a la desaceleración económica, a la pérdida de empleos y de poder adquisitivo de muchas personas, también hay quienes se han atrevido a diagnosticar que lo que realmente estaba sucediendo era una crisis de valores de la sociedad actual. Todos hemos escuchado que esta palabra en el idioma chino, se escribe igual que otra palabra, para occidente, bien distinta, oportunidad. Desde los medios de comunicación y hasta los políticos o gurús de la economía se ha hecho eco de por dónde viene esta ausencia de dinero y, esta vez sí desgraciadamente todos hemos visto o vivido sus consecuencias pero, ¿y la ausencia de valores?

 Algunos aspectos a tener en cuenta…

 Vivimos en la era de la inmediatez. La revolución frenética de las nuevas tecnologías y del transporte en nuestra era puede ser la gran culpable de ello. Todo estímulo ha de ser recompensado en el menor tiempo posible. Desde las publicaciones en las redes sociales, cuya batalla por la consecución de “me gusta” es una constante diaria en la vida de muchas personas, hasta los premios por incentivos de ventas o las denominaciones o etiquetas que se dan en algunos cargos en organizaciones para dar la impresión de que se está avanzando rápido. Estamos viviendo hacia afuera, buscamos el refuerzo externo y la aprobación de otros para así poder darnos una valoración positiva hacia nosotros mismos, comparándonos consciente o inconscientemente con el prójimo para darnos el visto bueno o el suspenso en aquello que pretendemos atribuirnos en nuestra vida.

 Dentro de la sociedad de hoy en día, también vivimos en un mundo globalizado, las noticias vuelan, al igual que las modas y tendencias. Lo cual hace que los valores se alteren no solo a mucha velocidad, dadas las numerosas influencias que tienen la capacidad de afectarlos, sino también que el ámbito geográfico de actuación esté además generalizado en gran parte de todo el globo. Por ello, necesitamos – tal y como indica el sentimiento de pertenencia de la pirámide de Maslow  - sentirnos parte integra de algún movimiento con el que nos identifiquemos. Así que en este caso, tal vez, seamos capaces a renunciar a valores más arraigados en nuestro nivel local en pro de otros que se estén estableciendo a nivel internacional, sin probablemente tener en cuenta que las características de nuestro entorno son completamente diferentes a las de aquel que generó este nuevo valor al cual nos pretendemos abrazar.

 Por otro lado, la crisis económica de hace ya una década hizo estragos en nuestra sociedad y la obsesión por el dinero llegó a muchas mentes a un ritmo tan estrepitoso y de forma tan acentuada como en los mejores años de “la cultura del pelotazo” en los años ochenta. Con una salvedad, antes se buscaba destacar dentro de una clase social o incluso ascender a otra superior y ahora se trata únicamente de sobrevivir y salir adelante. En todo caso, el dinero, al ser un objeto medible, se convierte en un mecanismo de comparación excelente para con el otro. Si tienes más, quizá es porque seas mejor, más listo, seas de una clase social más alta que el otro que si tienes menos, en cuyo caso vuelves a esas odiosas comparaciones y te consuelas pensando, por ejemplo, que vives más tranquilo o más feliz, o que tienes mejores relaciones personales que el otro… redundamos en las auto-comparaciones.

 Un posible origen…

 Todo pudo empezar con el “plan Marshall” de la década de los 50, que pudo no ser un acto de solidaridad absoluta de la democracia más moderna del mundo. El truco residía en implantar la semilla de una cultura norteamericana en todo el planeta, apenas treinta años más tarde el modelo americano ya estaba prácticamente extendido por todo el mundo. Las grandes ciudades construían urbanizaciones de chalecitos a las afueras, la Coca Cola era una bebida de masas y los pantalones vaqueros la vestimenta favorita de toda una generación. Los grandes estilos musicales anglófonos copaban las tiendas de discos desde Guateque a Galerías Preciados, y los cines ofrecían en la mitad de sus pases carteleras con producciones cinematográficas del otro lado del Atlántico.

 Estados Unidos se había hecho fuerte, un aluvión de masas de medio mundo había encontrado allí su nuevo hogar, en la tierra de las oportunidades. Las grandes migraciones procedentes de Europa y Asía, habían huido del hambre y la miseria de una tierra superpoblada en la que ya no cabían todos, ya que, los grandes avances tecnológicos acaecidos durante la revolución industrial, les habían hecho prescindibles de un tejido productivo en el que ya no hacían falta. Sin otros medios con los que ganarse el sustento, se aventuraron a ese nuevo mundo, pero sus raíces estaban a ambos lados de los charcos que aislaban ese paraíso. De modo que no resultó difícil convencer a la opinión pública, que allí tenía una oportunidad que no salía nada barata, generar partidas de ayuda para los afectados por la gran guerra.

 Un momento… Crisis, falta de medios, evolución tecnológica… a principios del siglo XX. ¿A qué nos suena todo eso? ¿No es extrapolable a lo que nos está sucediendo ahora? ¿O lo que ocurrió en España con las migraciones de los años sesenta y setenta del campo a la ciudad? Según algún principio hermenéutico, ¿la vida no funciona como un péndulo, cuyos acontecimientos se repiten? ¡Si lo decía hasta la biblia!

 Con lo que nos quedamos…

 Esos migrantes antes mencionados trabajaron mucho para forjarse un nuevo porvenir. Existía una cultura del esfuerzo, unos valores como el sacrificio, la responsabilidad o la gratitud fruto de haber conseguido una oportunidad para salir adelante. Valores, en ocasiones dolorosos y que acarreaban una vivencias poco agradables. De manera que estas personas, ya curadas de espanto, intentaron que a sus hijos no les sucediera lo mismo. Negándoles, sin querer el consiguiente enraizamiento con estos valores, tan positivos que consiguieron levantar un país. Y como se dice de algunas empresas de tradición familiar; - el abuelo la funda, el hijo la consolida y el nieto la hunde. – Porque no es lo mismo, verlo o que te lo enseñen, que experimentarlo.

 Fruto de ese deseo de las generaciones trabajadoras y sacrificadas, de contemplar y satisfacer las necesidades hacia sus hijos, aflora otra generación que antoja que algunas cosas vienen del cielo, renunciando a valores que en su momento sirvieron para mucho más que forjar una personalidad fuerte. Pero los tiempos también ofrecen oportunidades para forjar otros nuevos, consecuencia de esos antiguos. La sobreproducción y exceso de consumo que genero esa generación tan trabajadora, contamino nuestros ríos y desertizo nuestros bosques, y ello creo una cultura de la ecología, sensibilizando a muchos acerca de la conservación del medio ambiente o el amor por los animales, a los que poco a poco se les va dejando de ver como un ingrediente fundamental en nuestras dietas. No se puede negar que esto último hace cincuenta años no estaba tan valorado.

 La sociedad de consumo ha hecho infeliz a muchas personas que no han conseguido establecerse socialmente donde deseaban, tal y como he mencionado al principio del texto. Se ha pretendido vivir hacia afuera y para los demás. Y tampoco se puede negar que hoy, la espiritualidad, que bien por negocio generado por falsos gurús de la felicidad, o bien por alternativas reales de búsqueda interior, está teniendo una auge como no se veía desde los años sesenta en la época hippie del flowerpower. ¡Y ojo! Porque esta búsqueda por lo trascendental es absolutamente voluntaria, y ofrece muchísimas más alternativas aceptadas por la sociedad, en contra de la “espiritualidad” o más bien religiosidad impuesta en épocas pasadas como la que ofreció, - como puede verse, sin mucho éxito a largo plazo, -  en su momento el catolicismo.

 Las consecuencias de la pérdida de valores actual, resultan fácilmente imaginables, no hay más que mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta de qué es lo que pasa. Si queremos mirar hacia el futuro, la respuesta la tenemos en nuestra historia. Compárese el momento actual con alguno que nos preceda similar y estúdiese qué es lo que sucedió después y así se podrá extrapolar hacia adonde vamos encaminados.

 En la humilde opinión de quien escribe, actualmente nos encontramos en la primavera de la evolución. Hemos pasado un frío invierno en el que la humanidad o las sociedades se encontraban perdidas, desarraigadas de creencias o con sentimientos equívocos sobre ellas. Tal vez, creyendo inocentemente la mitología maya, esta nueva era de Acuario nos traiga aires nuevos. Pero es que midiendo datos concretos, nunca había habido más alumnos en los centros de formación de yoga, nunca se habían celebrado tantas ferias de ciencias ocultas, nunca se habían ofrecido tantas terapias transcendentales. Incluso en los últimos años, hasta asociaciones tradicionalmente perseguidas o en decadencia, que han sabido adaptarse a los tiempos, como son las Logias masónicas, - que en realidad son puras escuelas humanistas o filosóficas, - están teniendo crecimiento.

 De manera que la pérdida de valores, sin lugar a dudas genera una gran controversia. Por lo que invito al lector a meditar sobre la siguiente reflexión; ¿De verdad se está produciendo una pérdida de valores en la sociedad actual o los valores simple y llanamente están cambiando?  

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