Hace 2,2 millones de años una hembra joven que hoy clasificamos como Homo habilis se emocionaba observando el limpio cielo de invierno, cuajado de estrellas, en algún lugar de la actual Tanzania.

Este homínido necesitó comprender el espacio físico en el que se movía y a los demás seres que lo compartían con él, aprendió a diferenciar unas plantas de otras y conoció qué animales le eran más útiles o más peligrosos. Una diversidad ecológica que empezaba a clasificar y valorar en su mente, un caos que comenzaba a ser ordenado en función de las cualidades o magnitudes de sus elementos.

Siguió creciendo, nuevas especies de homínidos surgen y aquellos sucesos que puede explicar con su incipiente lógica se convierten en conocimiento que enseguida aplica ya fuera para conservar alimentos, para una caza más eficiente o para la domesticación de los animales. Y lo que no logra desentrañar sería la magia de aquel entonces y los descubrimientos posteriores de la Humanidad.

Poco a poco el ser humano percibió repeticiones, secuencias, coincidencias de hechos, como la influencia de la Luna en las mareas, el paso de las estaciones, las migraciones de los animales de los que se alimentaba. Conforme aumentó su conocimiento técnico fue descubriendo y deduciendo relaciones más complejas entre formas geométricas como el número pi o la proporción áurea, relaciones moleculares como el número de Avogadro o la constante de Planck que explica la relación entre la energía y la frecuencia de un fotón y su onda electromagnética.

Las relaciones matemáticas de la naturaleza nos descubren que lo que creíamos que era caos es realmente un orden, un equilibrio natural. Cuando se desestabiliza un ecosistema busca de nuevo el equilibrio que será aquel estado en el que la biocenosis (el conjunto de seres vivos) realice sus procesos con eficiencia. De esta forma un aumento de la temperatura media anual y una bajada de la precipitación anual va a desestabilizar al ecosistema que buscará un nuevo equilibrio, diferente al anterior, equilibrio basado en magnitudes físicas, químicas, espaciales y biológicas.

El ser humano aprende eficiencia de la naturaleza, ha aprendido de ella también la armonía que cualquier construcción requiere para que guarde el equilibrio. Es decir, del inicial caos percibido ha aprendido a construir su persona y a construir una civilización. También ha aprendido a respetarla, a ayudar a la Naturaleza sin enmendarla. Sabe hacerlo y desde que homo habilis prendía el fuego en las sabanas de Africa conoce las consecuencias de no respetar al Medio Ambiente.

Además es capaz de organizarse para colaborar, crea progresivamente organizaciones más complejas, más flexibles, más tecnificadas. Supera cada paradigma con innovación acelerada.

Vemos a lo largo de la historia de la Humanidad un esfuerzo constante de ordenar el caos, un esfuerzo por esclarecer aquel asombro del primer ser humano que se emocionó observando el cosmos. Sin duda aquel sentimiento resuena en nuestro ADN generación tras generación, el asombro del ser humano consciente de sí mismo y del orden que existe tras el caos que le rodea. Orden que le enseña a construir su civilización respetando el Medio Ambiente.

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