Como ya señaló Edmund Burke dirigiéndose a la tribuna de prensa en el debate de apertura de la Cámara de los Comunes del Reino Unido, en 1787, la prensa y los medios de comunicación forman parte de la estructura de poder en cualquier sociedad moderna. A través de sus altavoces radiofónicos, escritos o audiovisuales, el cuarto poder ha sido capaz de derrocar gobiernos, crear significados nuevos, informar de los acontecimientos ocurridos en cualquier lugar o incluso hacer derivar la opinión pública hacia postulados en los que, como decía Malcom X: “Si no estáis prevenidos […], os harán amar al opresor y odiar al oprimido”. No cabe duda de que cualquier democracia que quiera proclamarse como tal debe albergar medios de comunicación independientes, capaces de servir a la sociedad en la construcción de un mundo más justo y más humano. Ante esta visión idílica de lo que creo que deberían ser los medios de comunicación, esa utopía que nos mantiene caminando como decía Galeano, soy consciente de que el sector arrastra vicios y problemas por cuestiones de estructura empresarial y por la pérdida del ideal de servicio. ¿Nunca se ha preguntado por qué el Heraldo de Aragón nunca ha publicado una noticia que pueda perjudicar a Ibercaja? ¿Por qué los diarios El Mundo y El País nunca se atreverán a publicar nada que contravenga los intereses de bancos como el Santander o empresas energéticas como Endesa? ¿Por qué La Vanguardia nunca escribirá ninguna información negativa contra la Caixa? La financiación de los medios de comunicación siempre ha sido un problema para la viabilidad de los mismos, pero no conozco mejor muestra de la decadencia y destrucción moral de nuestro mundo que la que se produce en aquellos medios capaces de informar sobre las desgracias humanas y alimentarse con los ingresos obtenidos por anuncios de coches de lujo o productos que cuestan lo que gasta una familia en todo un mes. Ante esta visión oscura de los medios de comunicación, he de decir que aún nos quedan ventanas de luz en los grandes grupos, como Gervasio Sánchez en el Heraldo de Aragón, aunque escribe sobre el extranjero; Salvados en la Sexta, una cadena que vive de la contradicción publicitaria que antes señalaba; o el equipo de investigación de El Mundo, a pesar de integrarse en un medio de comunicación que arrastra muchos de los problemas propios del sector. Además de estas cuestiones, todo altavoz de ideas acaba sirviendo a un objetivo y como sociedad tenemos la obligación de exigir que el cuarto poder sirva a la verdad y a la constitución de un mundo más justo, más libre y más fraterno. Si no nos esforzamos en este sentido, los medios de comunicación no se conformarán sólo con representar ‘la guerra’, sino que la glorificarán y seguirán escogiendo un bando para participar en el esfuerzo bélico, siguiendo la analogía del filósofo franco-búlgaro, Tzvetan Tódorov, alejándonos de la idea de unión entre los seres humanos. Creo que existe una ventana de oportunidad muy grande para aquellos medios de comunicación que apuesten por la recuperación de valores humanos como marco estructural. Valores como la libertad, la igualdad y la fraternidad sólo se verán reflejados en los medios de comunicación cuando exista una masa crítica capaz de apoyar un proyecto comunicativo realmente independiente, al estilo de programas radiofónicos como Carne Cruda o periódicos como Le Monde Diplomatique, sustentados económicamente por socios y audiencia. Del mismo modo, los profesionales deben tomar la iniciativa en lo que al servicio al ciudadano y a la verdad se refiere, puesto que los medios de comunicación se han convertido en una correa de transmisión de los comunicados de prensa de empresas e instituciones. ¿Nos hace esto más libres? Aún así, seguiré creyendo en los profesionales y las personas que busquen servir a la verdad para mejorar la sociedad, porque como decía Charles Dickens: “Los diferentes medios de comunicación nunca serán un sustituto para la cara de alguien que alienta con su alma a otra persona a ser valiente y honesta”.

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