EL HOMBRE, IMULSOR DEL FUTURO

El hombre desde que nace lucha por su libertad.  Jesús Aznar

Que el hombre es arquitecto de su propio destino lo dijo Amado Nervo en sus certeros versos que no borrará el tiempo, como no es menos cierto que las respuestas a todos los interrogantes que el hombre se plantea a lo largo de su existencia no están fuera de él, sino en su propio corazón.

Si durante un tiempo la humanidad se conformó con las seguridades que le proporcionaba una fe revelada, incuestionable, que estratificó las conciencias durante siglos e impidió en buena medida el curso de la investigación, el progreso de la ciencia y el libre pensamiento, más tarde el hombre desplegó un esfuerzo de siglos, que aún continúa, para avanzar en el estudio de la naturaleza y del universo, para crear un clima de bienestar social y de progreso técnico. La ciencia en efecto, ha descubierto la razón de muchos antiguos enigmas, ha destruido mitos y tabúes y ha despejado misterios velados secularmente. La razón y la ciencia proporcionan hoy un campo muy extenso para la explicación de las cosas… Pero después de 2000 años de vida civilizada, el hombre occidental se encuentra, en la era del desasosiego. Vive rodeado de seguridades y confortabilidades, ocupando su agenda de actividades para evitar una insoportable soledad, eludiendo a la conciencia de su propia identidad y eludiendo el hecho inexorable de la muerte. Con este miedo vivimos en una sociedad elusiva, que crea seres incapaces de enfrentarse a los interrogantes más serios que plantea nuestra existencia.

Es así, porque vivimos bajo el vértigo de lo material, porque llenamos nuestra vida de superficialidades y respuestas banales, porque en el fondo tememos enfrentarnos con nuestra conciencia íntima. El desasosiego del mundo moderno es, a la postre, un miedo existencial y, como a dicho Erich Fronm, miedo a la libertad. Porque la libertad nos deja frente a los demás desprovistos de seguridades arquetípicas, dogmáticas, de verdades de adhesión, que sólo requieren la fe del carbonero y nos aboca al análisis, al relativismo, al consenso interpersonal, a la crítica, al mundo de los cuestionable, al ámbito de la tolerancia.

Hablo de libertad individual, del pleno ejercicio de nuestras potencialidades razonadoras y espirituales. Digo del hombre que se mira en el espejo de sí mismo y se adentra en el universo de su propia conciencia, en la reflexión del yo íntimo, pues todo camino se inicia en el conocimiento de uno mismo, de una realidad existencial que se conforma con la herencia  genética, el medio ambiente, la cultura, la experiencia y todas aquellas circunstancias que van configurando nuestra personalidad a lo largo de los años.

Sólo si somos capaces de apreciar la belleza que nos rodea - la de las cosas y la de las personas – podremos llegar a la inteligencia  suprema del amor que, si bien lo reflexionamos, no sólo es el reino de los justos y de lo perfecto, sino el tejido con el que está compuesto el corazón de los hombres.

Deberíamos enfrentarnos con la vida de forma integral, no para eludir el miedo a las certezas con el vértigo de lo material, ni para caer en el desasosiego existencial con una reflexión destructora, sino para vencer el miedo y eliminar la desazón intelectual interrogándonos, primero sobre quién somos y, luego, sobre qué sentido queremos dar a nuestra existencia. Así sabemos que las respuestas individuales nos abocan a una tarea colectiva, que dará sentido y utilidad a nuestra existencia. Porque no hay ética individual sin compromiso social.

 Buscad y hallaréis, se ha dicho. Y nosotros, aprendices de la vida, nos acercamos a través de la razón y del conocimiento a nuestra realidad individual. Este será, sin duda, el camino de los seres humanos de este milenio. Y ésta es también nuestra tarea más importante. Por eso los masones debemos comprender, que nuestra tradición iniciática, nuestras ceremonias, ritos y usos nos dirigen sabiamente de forma reiterativa, metódica y progresiva a descubrir en nuestra conciencia la belleza interior, nuestra interna armonía nuestro amor, que es nuestra sustancia íntima, y que ese lazo sutil que nos hace sentir lo hermoso y amar lo bello, desde dentro y hacia fuera, es lo que llamamos Fraternidad, el corazón de la Masonería y el trabajo más profundo de los Obreros especulativos.

Comprendamos también la necesidad, que es también nuestro compromiso iniciático, de transformación interior que la Masonería nos plantea. Por eso una Tenida podrá ser una reunión de hombres honorables, pero solo será una verdadera asamblea de francmasones si nos hemos despojado de nuestros prejuicios materiales y abrimos a un sentimiento común, cuya permanencia adentro y proyección hacia el exterior genera una indisoluble Cadena de Unión.

Comprendamos asimismo, que cuando los masones hablamos de un hombre nuevo y completo, que cuando la Masonería proclama como su objetivo más crucial la prosecución de la Fraternidad Universal, hablamos de la conformación de un ser humano capaz de asumir una nueva moral personal. Alguien capaz de contribuir a la creación de un código ético superior que armonice las relaciones humanas y sociales. Una noble y larga tarea que requiere de nuestro esfuerzo externo, pues en el fondo se trata de transformar la realidad que vivimos. Por eso la Masonería pretende ampliar su influencia social y por eso es necesario que la Masonería y los masones desplieguen en el mundo profano su actividad. No somos, ni podemos ser, los masones como los místicos que buscan su perfección ( o salvación ) individual al margen de la sociedad, porque no quieren contaminarse de ella. Porque los masones no somos solitarios, sino solidarios; porque nada sería la filosofía si no busca la felicidad del hombre; ninguna religión, ningún credo político-social tendría valor si no atiende la satisfacción última de las necesidades y aspiraciones humanas; y porque no puede entenderse la Masonería  - sería una cosa distinta – sino tendiera a la prosecución de un ideal humanista, y si no estuviéramos comprometidos, interna y externamente, con nuestro propio corazón y con el corazón de todos los hombres.

Volvamos la vista a nosotros mismos, pero no para contemplarnos en una infecunda complacencia, sino para ser capaces de concienciar las convicciones que nos hagan solidarios con la humanidad y nos permitan contribuir a su progreso.

Seamos capaces de ir junto a cada hombre que dé pie sobre la tierra es capaz de empujar un proyecto solidario de libertad y fraternidad.

      

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