La Pérdida de Valores Morales en la Sociedad Actual

1 de marzo de 2014

 

A lo largo de la historia la sociedad ha estado siempre en permanente transformación. Pero durante los últimos 50 años los cambios sufridos han sido tremendamente profundos y sobre todo rápidos, muy rápidos. Tanto, que los soportes sobre los que se asentaba se están tambaleando. Uno de estos pilares es el conjunto de valores que perfeccionan al hombre: los valores morales.


Por valores morales debemos entender el conjunto de creencias, costumbres y normas de una persona que orienta su conducta. Componen la conciencia que una persona tiene del bien y del mal. Por tanto, los valores morales inciden en las relaciones interpersonales y conforman la calidad de las mismas en una determinada sociedad.


Los seres humanos vamos interiorizando los valores morales en el núcleo familiar. De ahí aprendemos el respeto, la tolerancia, la honestidad, la generosidad, la responsabilidad, la lealtad y la perseverancia, entre otros. A medida que maduramos comenzamos a asumir los valores sociales, y comenzaremos a pensar en el respeto a nuestros semejantes, la cooperación, la comprensión, la vocación de servicio, etc.


Sin embargo, actualmente parece que este proceso se ha paralizado, ha dejado de funcionar. Nos encontramos con que estos valores han dejado de apreciarse, que ya no se tienen en cuenta y, por tanto, poco o nada influyen en las relaciones sociales. Vivimos, sin duda, una crisis de valores que genera una crisis social.


Efectivamente, estas normas morales han sido siempre el limitador real de la interacción social entre los seres humanos y su negación es la causa principal de la crisis social que actualmente padecemos. Sin una ética de valores adecuada se nos hace difícil relacionarnos con otras personas ya que los valores no sólo son una cuestión personal, sino que repercuten en todos los ámbitos de la sociedad. De esta manera las crisis de valores personales constituyen un problema social, del cual se derivan las acciones y conductas poco éticas que día a día vemos en nuestro entorno, tanto en el ámbito económico como en el político así como en las organizaciones públicas y privadas.


No obstante, la mayoría de la gente entiende por "crisis de valores" la ausencia de éstos; pero la situación actual no responde exactamente a su desaparición. Realmente lo que está ocurriendo es mucho peor. Los valores se están transformando y se están cambiando unos por otros debido a las modificaciones que se están produciendo en la forma de relacionarse las personas. Los valores tradicionales están siendo sustituidos en la mayoría de las sociedades por otros basados en el individualismo. Se promueven, de forma globalizada, corrientes de materialismo y hedonismo creando una sociedad donde lo más importante es tener y en la que se promueven las necesidades del consumismo, dejando a un lado el valor del ser humano y ofreciendo un ambiente altamente nocivo para cultivarlo. La otra cara de la moneda la forman aquellos que, dentro de la tensión social creada, viven en el conformismo bastándoles con tener garantizada la supervivencia y la seguridad. Así las relaciones interpersonales se vuelven superficiales sin implicar ningún tipo de compromiso generando conductas antisociales basadas en una total ausencia de moral y en algunos casos incluso podríamos hablar de doble moral.


Entonces, ¿estamos ante un cambio de paradigma?


Sin lugar a dudas podemos, y debemos, contestar afirmativamente a esta cuestión. Están cambiando todas nuestras referencias morales, incluso el valor de las consecuencias de nuestros actos, alcanzando la cota del “nada importa excepto yo”.


Los poderes actuales, tanto reales como fácticos, fomentan los “nuevos valores” y hay que entender que así sea y que lo hagan velando por sus propios intereses. De todos es conocida la frase “divide y vencerás”, y en una sociedad dividida, atomizada y sin cohesión entre sus miembros, en la que prevalece el individualismo, la competitividad y el todo vale, está claro hacia donde se inclina la balanza.


Se transmite una concepción de progreso equivalente a la destrucción de todo lo pasado. Pilares de la sociedad como la familia y la educación, que eran transmisores de los valores morales tradicionales están desapareciendo. La amistad basada en la lealtad y el honor se está transformando en amistad por interés. El respeto, la tolerancia y la generosidad hacia los demás es algo que cada vez queda más lejano. Y la solidaridad se canaliza a través de organizaciones no gubernamentales, muchas de dudosa reputación y algunas incluso protagonistas de escándalos de corrupción.


Todo esto, agravado por una pasividad social pasmosa incrementada por el adoctrinamiento permanente a través de los medios sociales que pretenden imponer un pensamiento único relacionado con los “nuevos valores”, hace que nos estemos convirtiendo en una sociedad vulgarizada, conformista y fácil de manipular. Nos estamos acercando al concepto de hombre-masa de Ortega y Gasset que, en su libro “La rebelión de las masas”, describe al individuo como aquel que se afirma a sí mismo tal cual es, que da por bueno y completo su haber moral e intelectual y manifiesta libremente sus deseos vitales y una radical ingratitud hacia cuanto ha hecho posible la facilidad de su existencia; sólo le preocupa su bienestar y al mismo tiempo es insolidario con las causas de ese bienestar. Como resultado cree que con lo que sabe ya tiene más que suficiente y no tiene la más mínima curiosidad por saber más.


Si continuamos por esta senda abocamos a un triste futuro que ya vaticinaba Aldous Huxley en su libro “Un mundo feliz”, en el que triunfan los dioses del consumo y la comodidad y donde se han sacrificado valores humanos esenciales.


En cualquier caso, como siempre, queda la esperanza y la confianza en el ser humano; en su capacidad y en el uso de su libre albedrío. Pero cualquier paso que haya que dar en la recuperación de los valores morales habrá de hacerse desde la libertad a la cual sólo llegaremos a través del conocimiento. Sólo así podremos cambiar la estructura social impuesta y hacer un mundo más justo en el que el poder se diluya y los Estados cumplan con su única función de administrar con transparencia la sociedad que los designa. Confiemos en el ser humano, salgamos de nuestro interior y comencemos por tratar a los demás como si fuéramos nosotros mismos.

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